La vida, especialmente la propia, es preferible no tomársela demasiado en serio. Cuando empiezas a pasar de ti misma, siempre en su justa medida ─olímpicamente es la mía─ te das cuenta de que suceden a tu alrededor cosas inusuales, divertidas y algunas incluso desternillantes, que de otra forma podrían pasar desapercibidas o resultar incluso ofensivas. Los que me van conociendo; amigos, familiares y algunos seguidores, saben que mi mente asocia de un modo casi inconsciente, las palabras que me dice un hombre cuando me lo presentan. No me refiero al primer instante, aunque puede coincidir, sino más bien a una o dos frases espontáneas por su parte y que se definen a lo largo de las primeras conversaciones con aquella persona. Hombre siempre, insisto. Reconozco que en las mujeres no me fijo demasiado en ese sentido. Y si estoy pensativa, como ahora, y comienzo a reírme a carcajadas es porque mi mente ha regresado a alguno de aquellos instantes. Una estrategia de mi subconsciente para practicar la risa, que es mi terapia antiarrugas favorita durante el día. Por la noche prefiero el sexo. Recuerdo muchas anécdotas reales, otras inventadas o exageradas y aquí os dejo una muestra, con la única intención de pasar el rato.
Un día al salir del gimnasio, desmaquillada como siempre, y con un vestidito primaveral, un caballero que resultó ser un pintor retratista, se presentó ante mí.
─Ahora mismo te quitaba todas las penas de encima. Eres guapa hasta despeinada.
─Pues la verdad es que tengo muchísimas. Penas me refiero ─contesté sin pensar, porque de lejos parezco lista, pero en las distancias cortas me atonto. Y menos mal que era atractivo, porque su respuesta fue inmediata.
─Entonces me esmeraré todo el tiempo que necesitemos. ¿Cómo te llamas?
...Confieso que me lo quitó todo de encima. Las penas también.
(...)
En fiestas de Iruña un gallego se me acercó con claras intenciones de ligar, le seguí el juego un rato, estábamos con amigos. Entre risas comenzó a ser más directo, pero sus palabras tenían un tono de mal gusto que no me terminaba de convencer.
─Seguro que eso que tienes ahí ─refiriéndose a mi delantera─ es todo mentira.
─¿Cómo dices? ─pregunté sin dar crédito a lo que había oído.
─Los sujetadores de hoy en día, la silicona, ya sabes...
─Pues tengo una noventa y cinco, sin silicona. Pero no hace falta que te esfuerces tanto, que no lo vas a poder comprobar porque ya no te las voy a enseñar.
─Pues vete con tu madre, como las niñas buenas.
─Vale. Pero tú tendrás que buscarte una muñeca hinchable. Las de carne y hueso no creo que te aguanten.
Al día siguiente fui al mismo bar y ahí estaba él, solo en la barra. Se me acercó suavemente por detrás en tono de arrepentimiento.
─Disculpa, Euria. Seguro que me reconoces. Soy el tío más imbécil de la tierra. ¿Te acuerdas? El gilipollas de ayer. Te invito a una cerveza negra.
Sí, de acuerdo. Pensaréis que seguía siendo un borde, pero se detuvo en conocer mi bebida favorita, y el camarero ─que era un amigo mío de la infancia─ me dijo que estuvo tres horas solo en aquel bar esperando hasta que yo aparecí. Aquéllo fue el principio de una buena amistad. Nunca más se ha comportado así conmigo. Pero aún no ha conseguido verme las tetas, y no ha sido por falta de intentos por su parte.
(..)
Al entrar en un bar, una voz masculina y preciosa me susurró: ─Me acabo de enamorar al verte entrar por la puerta─. Yo continué caminando. Dos pasos por delante estaba su hermana, y amiga mía con la que había quedado para salir. Después de las presentaciones ─vaya corte, por cierto─ el tío tuvo los santos cojones de decirle la misma frase a otras diez mujeres. Todo ello delante de mis narices. Con el agravante de que a lo largo de la noche, entre copas y risas, me estuvo llamando Silvia. No se acordaba de mi nombre. Veis, eso ya no me hacía tanta gracia. Pero dos meses después yo le besé por primera vez. Así, sin pensármelo, de forma intensa, vamos, como soy yo. En eso no puedo disimular. Y me fui sin mediar palabra. Pasaron quince días. Me llamó para quedar en un café y me preguntó: ─¿Yo te gusto?─. Me tomé un tiempo para responder y le dije: ─Pues no, que yo sepa, al menos de momento─.
Ese día comenzamos a salir... Y hasta hoy.
Loquillo Y Los Trogloditas – Hombres

Es que los gallegos son la hostia (..........) En fin, yo hace años tampoco sabía cómo entrarle a una chica. Ahora no se me da nada mal, pero lo hago por vacilar, quizá si fuese verdad que me gustan todas las que parece que me gustan, entonces me cortaría más. Pero diciendo cosas en las que no sabes que no tienes nada que perder, es mucho más fácil y tiene un éxito que te cagas.
ResponderSuprimirYo como anécdota, recuerdo un día que le entré a una tipa, hace ya muchos años, le dije algo así (a lo bruto), como que si se lo hacía conmigo, (después de intensas miradas entre los dos, la mía obnubilada por el alcohol) y me dijo: mañana te lo digo. Al día siguiente, no quise esperar más, me acerqué a ella y le dije: ¿recuerdas lo que te dije ayer? Ella me sonrió y me dijo: "sí", y le dije: "pues olvídalo"
En fin, historietas. En unas ocasiones uno queda de campeón y en otras de trapo.
Así es Sbm. Eso es lo divertido. Prefiero los tíos que salen a la plaza y dicen la suya, a su manera. Unas veces sale bien y otras mal... y otras POR LA PUERTA GRANDE, en una tarde de gloria. Lo que no me gusta son los tíos que se quedan en la barrera criticando... Porque "a toro pasao to'l mundo es torero".
SuprimirTuve una amiga gallega que me dijo: "Cuando conozcas a un gallego, ándate con ojo si es de noche y estás de fiesta, sin darte cuenta te despiertas al día siguiente con él a tu lado. Pero lo cierto es que nunca me pasó eso, con un gallego quiero decir, y además mi amiga gallega dejó de serlo porque me intentó quitar el novio. OYE...CÓMO SOMOS LOS DEL NORTE.
No conozco a ningún gallego...
ResponderSuprimirpero seguro que como dice Sbm
serán la hostia... COMO TÚ...
Por cierto yo envidio las mujeres con gran personalidad como tú, pero es una envidia sana....
BESOS GUAPISIMA
Sí que es raro que no conozcas a ningún gallego, suele haberlos en casi todas partes. A mí me producen especial simpatía los hombres del norte; desde Navarra hasta Galicia. Suelen ser hogareños y fogosos al mismo tiempo. Salvo raras excepciones. Diría que Sbm es muy gallego, no sé, ya lo iremos conociendo...
SuprimirAbrazos a los dos y gracias Suzanne por esos halagos que me dedicas. Tú si que eres guapa.
Je, ahora ya me conoces a mí. Lástima, no soy el prototipo.
ResponderSuprimirGracias por las risas.
ResponderSuprimirSin duda siempre mejor meter la pata que quedarse mirando, porque agua pasada, ya se sabe, eso sí sin ser grosero, mejor.
Tú si que sabes Pilar; las mujeres detectamos con mucha agudeza cuando un hombre "mete la pata" pero en realidad es un encanto, frente aquellos que ofenden por afición (hay algunos), para estos últimos, tarde o temprano, no hay mayor reprobación que el silencio.
SuprimirMejor nos quedamos con la gente sana y las risas compartidas.
Abrazo
Jajaja, lo siento, pero la última parte me ha hecho mucha gracia, interesante el relato que nos cuentas, hay que tener cara, eh... Yo sin embargo si conozco un gallego, la mar de guasón y cavernicola a veces, por la forma tan divertida que tiene de expresarse. En fin, saludos amiga, y gracias por visitar mi espacio, como verás yo ando muy perdido, entre el estudio y el trabajo, casi no tengo tiempo de nada, un abrazo, feliz semana.
ResponderSuprimirEs verdad. Todos los gallegos que conozco son muy divertidos y más listos que los ratones coloraos. Un placer pasar por tu espacio y leer tus poemas.
SuprimirAbrazo y feliz semana
Estupendas Historias qué el tiempo y la felicidad les hace sacar el lado más divertido y desenfadado(a las reales me refiero).
ResponderSuprimirHe de reconocer qué nunca he sido muy hábil con las palabras.Soy de sensaciones y con el tacto es cuando reconozco la afinidad hacia las personas.
Cuando ella me tocó por primera vez supe qué sería mi gran amor aunque ella "pasó" de mi.Días más tarde quedamos para practicar footing ya qué nos conocimos en parte gracias al deporte.En plena carrera por el campo un perro suelto se abalanzó sobre ella y yo la cogí por la cintura con fuerza para protegerla y apartarla del perro.Fue entonces cuando en ella despertaron sus emociones hacia mi.Aun estoy buscando el perro para darle las gracias jajaja..
Pero lo más agradable y sensacional de esta historia es qué pasados casi veinte años aun cuando nos tocamos seguimos sintiendo lo mismo.
Un placer leerte Idoia.
Abrazos y saludos afectuosos!
Es cierto, Antonio, eso del tacto. Las palabras entran por el oído pero también por el tacto. Me has recordado una frase del libro "De los amores negados" que dice: "La letra con piel entra"
SuprimirAbrazo