25 de febrero de 2012

NO HAY DOS SIN TRES



Tengo tres vidas; una ficticia, otra material
y mi gran existencia secreta.
Ninguna de ellas es verdad, mientras el silencio
las hace invisibles, y todas son ciertas
cuando mis palabras se revelan.
Acaso estemos las tres predestinadas
a vivir en el único mundo posible
de este universo literario.

Y en este universo literario tengo
un amante secreto desde que llegué.
Pues nadie como él penetra mi alma
con sus palabras,
haciendo de mi vulva una flor receptiva,
fundiendo el hielo en los inviernos frígidos
de mi oscuro corazón.

Pero hoy ha llegado el momento, José María Fonollosa de que todos se enteren de lo nuestro (o sea, lo mío contigo, mejor dicho).  No soy experta en hacer comentarios literarios ni lo pretendo. A mí la literatura me invade en todos los sentidos menos el de la crítica. Sólo puedo decir que me confieso una gran enamorada de su poesía, irreverente y sublime; una dulce y visionaria decadencia adelantada a su espacio y a mi tiempo. Os recomiendo desde mi humilde espacio, la lectura de una de sus obras "Ciudad del hombre: Barcelona", y os dejo aquí una breve exposición de algunos de sus grandes poemas.

Spring Street (J. M. Fonollosa)

No me vengan con cuentos. Que la vida
es algo espiritual y, por lo tanto,
superiores los bienes del espíritu.

Que el ser útil, cuidar a los enfermos,
el teatro, la pintura, libros, música,
los deportes, el cine, el gran dinero...
al ánimo lo colman las delicias.

No me expliquen historias infantiles.

El deleite supremo es el orgasmo.
Lo demás son tan sólo leves signos,
pobres insinuaciones del placer
que uno obtiene acostándose con chicas

y eyaculando en ellas como un dios.
Para otros esos gustos secundarios.
Para mí el goce intenso: la mujer. 

Pla de Palau (J.M. Fonollosa)

Tú mi protagonista, mi heroína.

Me impacta tu caricia en mis sentidos
y me siento feliz contigo, a solas.
Toda tú, mía. Yo en ti realizándome.

Mas me dejas y sufro con tu ausencia.

Y desespero. Y vivo mil infiernos
hasta hallarte otra vez, en una esquina
o en el sórdido ambiente de algún antro.

No importa dónde estés. Sólo tú importas.

Quisiera liberarme, no sentir
esta cruel dependencia que a ti me ata
como el sol a la luz que huye y no escapa.

Mas no puedo vivir sin ti, heroína.


William Street (J. M. Fonollosa)

Las mujeres que quiero van con otros.

Cuando pasan prendidas de otros brazos
miro a la que se apoya en mí y compruebo
que yo me he equivocado de mujer.
La gracia enrojecida de una risa,

el rumor tembloroso de un silencio,
la mirada furtiva que nos dice
que está la dicha allí, en aquellos ojos...
Esas cosas descubro sólo en otras.

Yo sé que lo que anhelo no anda lejos:
veo como ellas pasan de otros brazos.
Y trato de encontrarlo, incluso en ellas.
Mas siempre me equivoco de mujer.

Las mujeres que quiero van con otros.


21 de febrero de 2012

LA SOMBRILLA SOBRA

La playa es el lugar relajante por excelencia. Particularmente, las prefiero salvajes y lejos de la urbanización, para practicar en ellas el nudismo. Sí, sí, he dicho en pelotas. Porque todos presumimos de ser personas liberadas, pero la doble moral es una mala sombra que nos persigue,  muy especialmente cuando hablamos de naturismo. Todavía recuerdo aquel programa de televisión; "Un. Dos. Tres. Responda otra vez", en el que aparecían premios que se iban descartando hasta quedarte con uno solo. Podía ser bueno; con suerte un apartamento en la playa, o nefasto, como una calabaza llamada Ruperta. Pero lo peor que te podía pasar, es que te tocara en gracia el premio de una semanita con todos los gastos pagados, para dos personas, en una playa de urbanización nudista. Entonces todo el mundo en el plató, incluido el presentador y por supuesto los telespectadores, se descojonaban a mandíbula batiente del concursante por su ridícula desdicha.

Mi acompañante, en esta ocasión, conocía muy bien el naturismo y me propuso ir a una playa nudista, para pasar la calurosa tarde de verano. Para mí era la primera vez, y acepté la propuesta sin titubeos. Supongo que cuando me encuentro ante a una situación que me puede ruborizar, se crea una lucha en mi foro interno; gallardía contra vergüenza, en la que disfruto dejándome llevar hasta enterrar en lo más profundo de mi ser, mi sentido del ridículo. Dice un amigo mío, psicólogo, que todo eso me pasa porque soy proactiva y prometeica. Aunque siempre le contesto que no conseguirá sentarme en su diván por mucho que intente liarme.

Dejamos el coche aparcado y comenzamos a caminar. Había que atravesar varias playas en las que estaba prohibido practicar nudismo. Era tan inaccesible nuestro destino que aquello me pareció la travesía del desierto sin comida ni agua. Pero vi la luz y se produjo el milagro. No era un espejismo.  Habíamos llegado a nuestro destino; una preciosa playa, no demasiado ancha y bastante larga, cosa que nos permitía a todos estar cómodos, cerca del agua y guardar al mismo las distancias. Reconozco que sentía un pudor algo asfixiante. Pero no había retroceso ─me hubiera muerto deshidratada en el camino de vuelta─. Nos colocamos casi al principio, porque me incomodaba pasear vestida por toda la playa. Así que nos instalamos. Me quité la ropa ─supongo que él también, pero no me percaté, porque ya lo tenía visto de otras veces y estaba más pendiente de lo mío─. Me di crema solar. Mi acompañante colocó su sombrilla (a mí no me hacía falta, pero él insistió) y después se fue a bucear a la zona de las rocas. Yo preferí tumbarme al sol. Así que pegué mi trasero en la toalla y cerré los ojos, como los monos de Gibraltar. Hablaba sola y me decía: Ya pasará el rato y te irás acostumbrando, poco a poco, y si tienes calor te esperas, que no pasa nada
El caso es que no habían pasado ni dos minutos y de repente oí un ruido, ¡CLAC! y después ¡BUF! ¿Qué habrá sido eso? ─pensé─, horror, qué si no; la maldita sombrilla que se iba volando. Lejos. Muy lejos de mí. No sabía como reaccionar ante tal coyuntura de contratiempos, así que hice lo que cualquier chica hubiera hecho; busqué con la mirada a mi acompañante. Después de todo la sombrilla era suya, y fue él quien se empeñó en colocarla (mal, por cierto) mientras yo solo quería tomar el sol. Pero él estaba ya mar adentro. Joder, todo el mundo miraba. ─La verdad es que las playas nudistas son así. Todo el mundo mira, que es como debe ser─. Pero, ¿por qué nadie salía corriendo para ayudarme? Obviamente, todos observaban mi decisión. Si no me levantaba quedaría como una remilgada y si me levantaba, me tragaría la tierra por la vergüenza. Mientras yo vacilaba ante tanta confusión, el viento jugaba en mi contra y había que decidir rápido, unos segundos se podían tranformar en veinte desesperantes metros de más.
Así que me levanté con una seguridad pasmosa y aparente, y pensando; caminaré despacio y recogeré la sombrilla. Pero tras mis primeros pasos, vino otra ráfaga de viento y ella volaba y volaba, atravesando la playa en todo su recorrido. De vez en cuando caía, eso sí, pero permanecía muy poco tiempo en tierra. Entonces sí que miraba todo el mundo con una sonrisilla traviesa. ─Joder que divertido. Yo siempre dando el espectáculo─. Decidido. Eché a correr apresuradamente. ¡Y bueno!, ¡bueno!, ¡bueno! Aquello era el bamboleo más escandaloso que una pueda imaginar. Se movían todas las partes de mi cuerpo... pero lo del pecho, ¿eso? Eso era algo fuera de lo común.

No sé si sabéis lo que es correr desnuda. Yo sí. Os cuento. Lo único que piensas es: Joder que la sombrilla se pare y la pueda recoger. Porque puestos a hacer el ridículo, volver sin sombrilla hubiera sido ya lo último. Para morirse de risa, ¡vamos! Pero hubo suerte. Al final de la playa pude recuperar mi objeto volante. Me lo coloqué a modo de paraguas sobre mi hombro y volví paseando despacio y recreando, sin darme cuenta, un óleo de Sorolla, pero sin ropa. Lo estáis pensando. Lo sé. ¿Cómo no se me ocurrió plegar la sombrilla y pasear disimuladamente? Pues no sucedió, porque en definitiva soy así; no paso desapercibida ni aunque me lo proponga.

¿Proactiva y prometeica? Menudos nombres le asignan los psicólogos a estar loca de remate.

Un deseo: Mirémonos todos un poco más. En el mercado. En el trabajo. En la playa. En el bar. En el cine. En la calle. Es muy agradable para el que mira, mucho más para el observado, y tiene efectos secundarios muy beneficiosos.

Paco De Lucia – Entre Dos Aguas - Instrumental

18 de febrero de 2012

PALABRAS INOLVIDABLES



La vida, especialmente la propia, es preferible no tomársela demasiado en serio. Cuando empiezas a pasar de ti misma, siempre en su justa medida ─olímpicamente es la mía─ te das cuenta de que suceden a tu alrededor cosas inusuales, divertidas y algunas incluso desternillantes, que de otra forma podrían pasar desapercibidas o resultar incluso ofensivas. Los que me van conociendo; amigos, familiares y algunos seguidores, saben que mi mente asocia de un modo casi inconsciente, las palabras que me dice un hombre cuando me lo presentan. No me refiero al primer instante, aunque puede coincidir, sino más bien a una o dos frases espontáneas por su parte y que se definen a lo largo de las primeras conversaciones con aquella persona. Hombre siempre, insisto. Reconozco que en las mujeres no me fijo demasiado en ese sentido. Y si estoy pensativa, como ahora, y comienzo a reírme a carcajadas es porque mi mente ha regresado a alguno de aquellos instantes. Una estrategia de mi subconsciente para practicar la risa, que es mi terapia antiarrugas favorita durante el día. Por la noche prefiero el sexo. Recuerdo muchas anécdotas reales, otras inventadas o exageradas y aquí os dejo una muestra, con la única intención de pasar el rato.


Un día al salir del gimnasio, desmaquillada como siempre, y con un vestidito primaveral, un caballero que resultó ser un pintor retratista, se presentó ante mí.
Ahora mismo te quitaba todas las penas de encima. Eres guapa hasta despeinada.
─Pues la verdad es que tengo muchísimas. Penas me refiero ─contesté sin pensar, porque de lejos parezco lista, pero en las distancias cortas me atonto. Y menos mal que era atractivo, porque su respuesta fue inmediata.
─Entonces me esmeraré todo el tiempo que necesitemos. ¿Cómo te llamas?
...Confieso que me lo quitó todo de encima. Las penas también.

(...)
 En fiestas de Iruña un gallego se me acercó con claras intenciones de ligar, le seguí el juego un rato, estábamos con amigos. Entre risas comenzó a ser más directo, pero sus palabras tenían un tono de mal gusto que no me terminaba de convencer.
─Seguro que eso que tienes ahí ─refiriéndose a mi delantera─ es todo mentira.
─¿Cómo dices? ─pregunté sin dar crédito a lo que había oído.
─Los sujetadores de hoy en día, la silicona, ya sabes...
─Pues tengo una noventa y cinco, sin silicona. Pero no hace falta que te esfuerces tanto, que no lo vas a poder comprobar porque ya no te las voy a enseñar.
─Pues vete con tu madre, como las niñas buenas.
─Vale. Pero tú tendrás que buscarte una muñeca hinchable. Las de carne y hueso no creo que te aguanten.
Al día siguiente fui al mismo bar y ahí estaba él, solo en la barra. Se me acercó suavemente por detrás en tono de arrepentimiento.
Disculpa, Euria. Seguro que me reconoces. Soy el tío más imbécil de la tierra. ¿Te acuerdas? El gilipollas de ayer. Te invito a una cerveza negra.
Sí, de acuerdo. Pensaréis que seguía siendo un borde, pero se detuvo en conocer mi bebida favorita, y el camarero ─que era un amigo mío de la infancia─ me dijo que estuvo tres horas solo en aquel bar esperando hasta que yo aparecí. Aquéllo fue el principio de una buena amistad. Nunca más se ha comportado así conmigo. Pero aún no ha conseguido verme las tetas, y no ha sido por falta de intentos por su parte.

(..)
Al entrar en un bar, una voz masculina y preciosa me susurró: ─Me acabo de enamorar al verte entrar por la puerta─.  Yo continué caminando. Dos pasos por delante estaba su hermana, y amiga mía con la que había quedado para salir. Después de las presentaciones ─vaya corte, por cierto─ el tío tuvo los santos cojones de decirle la misma frase a otras diez mujeres. Todo ello delante de mis narices. Con el agravante de que a lo largo de la noche, entre copas y risas, me estuvo llamando Silvia. No se acordaba de mi nombre. Veis, eso ya no me hacía tanta gracia. Pero dos meses después yo le besé por primera vez. Así, sin pensármelo, de forma intensa, vamos, como soy yo. En eso no puedo disimular. Y me fui sin mediar palabra. Pasaron quince días. Me llamó para quedar en un café y me preguntó: ─¿Yo te gusto?─. Me tomé un tiempo para responder y le dije: ─Pues no, que yo sepa, al menos de momento─. 

Ese día comenzamos a salir... Y hasta hoy.

Loquillo Y Los Trogloditas – Hombres




16 de febrero de 2012

¿ODIAR? NO, GRACIAS

El odio no es otra cosa 
que un arrebato
de pasión, por exceso
de amor propio.
Información importante: Odiar provoca aislamiento emocional inmediato,  envejecimiento prematuro, ceguera permanente, impotencia, insensibilidad y frigidez. Está clasificado como extremadamente contagioso y se propaga a través del simple contacto visual o verbal.
No consumir ni verter sobre familiares o amigos. Evitar el contacto directo con personas y animales de compañía. Puede provocar daños colaterales severos e irreparables. Sus efectos son acumulativos.   No mezclar con estupidez. Mantener alejado de los niños/as.
Causa daños al medio ambiente.
Al menor síntoma, suministrar tratamiento de choque mediante autocontrol inyectable. Aplicar curas de humildad, técnicas de relajación y besos reparadores en los casos más complicados.

14 de febrero de 2012

OBRAS SON AMORES...

Amor terrenal
de rojo y palpitante corazón,
sigo sin creer.

Porque si Dios es amor,
el mundo, además de ciego,
forzosamente tiene que ser ateo.

8 de febrero de 2012

HABLAR, ANDAR, ESCUCHAR, AMAR

Desde mi infancia supe que mi relación con las palabras sería una bella historia de amor. Aprendí a hablar antes que a andar, y ese fue el principio de mi destino. Si con doce meses sabes pedir educadamente, agua, comida y besos, quedan pocos alicientes para levantarse y echar a correr.
 
Era una niña de seis años y mi madre quería celebrar la Primera Comunión de mi hermano ─de siete─ a la vez que la mía, con la finalidad de ahorrar un poco. El cura me acercó un Evangelio para valorar la situación y me solicitó que leyese una página al azar. Cuando llevaba tres párrafos soltados sin titubear, el párroco le dijo a mi madre que era muy madura para mi edad y que estaba perfectamente preparada para comenzar la catequesis. Recuerdo que el día de la celebración, llevaba un vestidito blanco y largo, y tuve que leer sola, micrófono en mano, delante de doscientas personas ─en aquellos tiempos las iglesias se llenaban en días de domingo─. Desde entonces nunca he tenido miedo a los discursos o las presentaciones en público.

Con doce años era calladita y me mostraba introvertida con mis compañeras del colegio. La profesora nos pidió que escribiésemos una redacción sobre "El despertar a la vida" y mis palabras vertidas en aquel folio resumieron mi silencio: "Con un año aprendí a hablar. He despertado. Ahora estoy aprendiendo a escuchar y puedo oír el sufrimiento ajeno por lejano que parezca". Mi tutora me pidió que leyese mi relato a las dos clases de séptimo. Después me llamó a su despacho y me advirtió que cuando abriese mis alas me convertiría en una  bellísima mujer. Lo cierto es que hace mucho tiempo que rompí mi timidez y me gustaría agradecer el generoso comentario a la Srta. Teresa, pero si me viese ahora, comprendería que no ha sido para tanto. Me considero una mujer como tantas otras, a pesar de que mis familiares piensen que soy fantástica, pero eso no cuenta... ¡¡¡O quizá cuente el doble!!!


Me gustan los hombres atrevidos pero que no hablen demasiado. Tranquilos. Respetuosos conmigo y con las palabras. Coincide que además todos los que me hicieron tilín hasta el día de hoy, han sido amantes de la velocidad, rubios o castaños, ojos claros, sonrisa franca y muy guapos ─casualidad, por supuesto la niña nunca tuvo un pelo de tonta─. Pero lo importante es que si un caballero utiliza el lenguaje para ofender a quien sea, me hiere profundamente y me alejo de su lado ipso facto por muy atractivo que me resulte, pues sólo sería una cuestión de tiempo que acabese ofendiéndome a mí también. Y eso tampoco lo voy a permitir.


Desde el principio supe que mi relación con las palabras sería una bella historia de amor.

 Rosendo – Date por disimulao

6 de febrero de 2012

PEOR PARA EL SOL


Euria se había citado con Óscar en su café favorito, un lugar especial para ella, sobre todo después de que una amiga suya muy glamurosa, le confesara que tuvo un amante con el que siempre se sentaba a tomar un cortado en aquella misma mesa, todos los sábados por la mañana durante quince años, justo antes de hacer el amor intensamente en el portal de un pequeño edificio donde él vivía. Después pasaba por el mercado para comprar pollo, y a veces también jamón de pata negra que tanto le gustaba a su marido. Al menos eso le confió, entre risas, un día que había bebido más de la cuenta. Algo comprensible teniendo en cuenta que su hijo se había casado diez horas antes, con una neska muy fresca que según rumores de la vecindad se había acostado con medio barrio.
Y allí se encontraba Euria, sin marido, sin hijo y sin amante, anhelando la vida de su amiga, como si de una heroína se tratara. Esperando y confiando al menos en tener un buen fin de semana con Óscar, sin compromisos ni complicaciones, pues tampoco le pedía grandes cosas a la vida. Sólo un entretenimiento sin enredos, suficiente para ahogar las penas en algo más sólido que un patxarán aguado por el hielo derretido sobre sus sueños clandestinos.

Al llegar Óscar, se sentaron juntos en una de las mesas y pidieron un aperitivo. Todo transcurría según lo previsto, en una conversación relajada con miradas insinuantes, hasta que Euria comentó su afición por la buena comida y le propuso a su acompañante salir a cenar en uno de sus restaurantes favoritos.

―Disculpa, Euria, pero no me parece conveniente salir a cenar contigo. Será mejor que iniciemos nuestra relación y lo mantengamos en secreto. Eres muy guapa, pero por tu edad podrías ser mi madre.
―Disculpe, caballero. No creo que sea conveniente fornicar con usted. Tiene veinticinco años y aparenta ser muy joven, pero realmente podría ser mi abuelo.

Euria se levantó con aire señorial ─tal como requería la situación─ y se acercó a la barra: ─¡Camarero! Traiga la cuenta, por favor. Paga mi amigo, que para estas cosas es muy galante, y yo tengo mucha prisa por marcharme. Quiero pasar por el mercado y comprar cien gramos de jamón de Jabugo.

Joaquin Sabina – Peor Para El Sol

3 de febrero de 2012

UNA DECLARACIÓN DE AMOR

Este tulipán rojo 
que me regaló enero,
lo pondrá febrero en tu tumba,
mi querida abuela,
en una lápida que no sé 
dónde está,
con unas fechas que no me dieron
en una tierra que nunca he pisado
junto a un bonito nombre 
que desconozco, 
al lado de mi abuelo, 
a quien tampoco conocí.

Idoia Laurenz

Hoy comienzo a escribir mi primer libro, con mi nombre y mi segundo apellido, Laurenz , que es lo único que tengo de mi abuelo materno, al que nunca conocí, ni yo, ni mi madre, ni ninguno de los míos.

Lluis Llach – L'estaca - directo