Su recuerdo me transporta a los prados verdes de laderas imposibles, respirando el aire que te prestan las nubes, donde las personas no tienen sombra.La luz y el calor se escapan de los caseríos queriendo buscar su origen, ese sol que rara vez asoma. Donde las palabras son poemas cantados por bertsolaris.
Pensar en ella es sentir el calor del invierno blanco y luminoso. Sus ojos verdes, serenos, su pelo largo y ondulado, su cuerpo delgado y su única vestimenta, su vestido de casera. Sus abarcas negras cruzando lazos hasta su rodilla y sus andares de neska polita (mujer hermosa…..hermosísima).
Mi abuela se llamaba Lorentxa
Nació el mismo día que yo, un 25 de agosto pero del año 1900. Vivía en un pueblo navarro, cerca de Estella. Desde que yo era niña, íbamos a ver a mis abuelos los fines de semana. Nosotros vivíamos en Iruña. Cuando yo tenía 15 años, algunos niños del pueblo y otros, no tan niños, preguntaban por mí a mi abuela. Yo era y soy, una muchacha distraída e ingenua. Mi abuela se sintió identificada conmigo por esos detalles, y también preocupada, así que decidió contarme una historia que a ella le sucedió hace tiempo, con la intención de transmitirme su enseñanza.
Lorentxa vivió hasta los 18 años con sus abuelos en un caserío del norte de Navarra, donde sólo se hablaba en euskera. Ella no conoció a sus padres y cuando sus abuelos fallecieron tuvo que regresar a su pueblo natal, cerca de Estella, donde vivían sus tíos que eran los únicos familiares que le quedaban. En su nuevo hogar sólo se hablaba castellano, así que su primer reto fue el idioma. Sus tíos decían que Lorentxa tenía que casarse rápido…..y pretendientes no le faltaban. Era una mujer de una belleza magnética. De esas personas que no puedes dejar de mirar. Todos sus primos querían casarse con ella, y muchos jóvenes del pueblo también.
Sospecho que además de querer casarse con ella tenían otros deseos, pero no se podían comunicar. No podían decírselo. Ella no entendía. Así que sus admiradores decidieron dejar notas por los lugares que ella frecuentaba. Unas en el granero. Otras en el huerto. Mi abuela recogía las notas y las guardaba aunque no las entendía. Pero sin padres, sin hermanos, sin abuelos, sin poder hablar con nadie, quiso salir de su soledad y sintió curiosidad por aquellos mensajes. Tan descreída era de su propia belleza que ni por un momento imaginó que aquello era una “tirada de tejos” de medio pueblo. Parece ser que el cura del lugar entendía algo de euskera, así que Lorentxa habló con él y le enseñó las notas. HABLAR CON EL CURA………..POR DIOS, QUE DESASTRE. Aquellos mensajes eran muy, muy lascivos. Demasiado para un cura. El suceso se convirtió en el escándalo del siglo.
Mi abuela, al ver que su primera nieta era pretendida por sus vecinos, no dudó ni un instante. OTRO ESCÁNDALO NO
- Ha llegado el momento de que sepas algo. Los hombres son todos así, en su forma de amar a las mujeres, me refiero. Sólo hay dos tipos de hombres, los que dicen lo que sienten y los que callan. Pero todos, todos, piensan lo mismo. Tú no te asustes de lo que te diga un hombre enamorado y sobre todo nunca, nunca se te ocurra contárselo a un cura.
Todavía hoy sigo siendo muy ingenua, la verdad. Cuando me regalan un piropo por la calle, miro a mi alrededor por si hay detrás alguna bella dama. Si los conductores me dan “las luces”, siempre me pregunto cual habrá sido mi infracción. Por supuesto, si me escriben un poema, recomiendo que me dejen pistas concluyentes, porque si no, no me daré por aludida.
Sólo hay una persona, mi compañera y amiga Agnes, que no se cansa de repetírmelo:
AGNES: Euria, tú no conduces mal. Los piropos son para ti. Sabes lo que buscan ellos… ¿no?
EURIA: Lo sé, lo sé. Eso ya me lo contó mi abuela y...... no es precisamente casarse conmigo. Pero quiero que me lo digan por escrito. Entre los dos tipos de hombres, los que hablan o los que callan , prefiero sin duda a los que escriben.
* Para Agnes



