En cuanto la palabra química surge como tema de conversación en formato hormonal, hay que reconocerlo; todos y todas pensamos en los tres días de alteración del sentido del humor femenino, que a veces puede alargarse a cinco, sin contar con los imprevisibles malos momentos que te pude jugar el síndrome premenstrual; de cuatro a seis malditos días según los casos. Pero hoy sólo quiero explayarme en la falsedad química y monopolizada que sustenta esta creencia admitida socialmente.
En primer lugar hay hormonas mucho más intensas y productivas que los estrógenos y prostágenos. Estoy hablando de la famosa testosterona, que junto con la prolactina y dopamina, son capaces de causar estragos en función de su concentración. Porque no todos los hombres son iguales; hay grandes diferencias entre sus niveles hormonales. Puede ser que a todos les guste la cerveza de igual forma, de acuerdo, pero no a todos les gusta el sexo con la misma intensidad. Pasados los veinticinco, conozco hombres que llevan una vida tranquila, casados o solteros, y que se conforman con las relaciones que les caiga en suerte. Otros, con o sin anillo igualmente, necesitan acción en sus vidas: pasión, lascivia y nuevos retos de conquista. Se proponen la fidelidad como meta el día de año nuevo, porque son buenas personas y de grandes propósitos ─admitamos que no es cuestión de maldad─ pero la noche de Reyes suele ser su primera tentación, en la que parece ser que caemos, ya que según las estadísticas corresponde a la fecha en la que los españoles, sin distinción de género, somos infieles con mayor frecuencia. Mis amigas coinciden conmigo en que nuestras parejas pertenecen al primer grupo, los chicos tranquilos. Son aquéllos que se encuentran los viernes para beber cervezas y hablar de sus cosas ─nada de mujeres─. Aunque creo que uno de ellos quiere desvincularse del grupo, porque me ha propuesto un acercamiento de posturas en varias ocasiones. Me da la impresión a mí que es la típica crisis de los cuarenta, pero he decidido no contárselo a su esposa y por supuesto no acostarme con él, porque el mundo está lleno de hombres y no hace falta liar tanto la traca para echar un polvo. Aunque lo cierto ─que quede entre nosotros─ es que él no me resulta nada atractivo y eso me permite quedar muy dignamente.
Hay otra química natural que hace estragos en el hombre; tenaz, punzante, incisiva. Se trata del grito huracanado de la madre naturaleza, donde la oxitocina, DEA y cortisol, se confabulan con toda nuestra testosterona femenina (sí, sí, también es nuestra) con el único propósito de sintetizar la típica gonadotropina coriónica del embarazo. Algo así como un disparo súbito hormonal hasta niveles de sobresaturación, momento en el que una mujer siente la imperiosa necesidad de ser madre. Entonces resulta que somos capaces de probar todas las posturas inimaginables en
pro de la causa. Ellos permanecen aturdidos, fuera de juego, mientras lo
que podría ser el
soñado paraíso se convierte en su
purgatorio, porque
nosotras vamos leyendo el Kamasutra con gran impaciencia, buscando la posición
que más favorece nuestra fecundidad, que por otro lado es la actitud que ellos siempre
habían soñado para nosotras, pero no así, no por la causa. Qué frialdad la nuestra, somos capaces de hacer el pino: ¿Si o no? A eso se le llama contorsionismo de personalidad. Y como hay algunos casos extraños en los que se ovula durante la menstruación, pues lo que antes era tabú lo convertimos por arte de magia en una tentadora novedad, por si acaso, nunca se sabe, porque bien pudiéramos ser una excepción de la naturaleza. No hay excusa, ni demora. El fin justifica los medios. No es negociable. ¡Silencio, cariño y a lo que estamos! Una y otra vez... ¡Qué banal instrumentalización!
Las diferencias hormonales y su variable concentración, tienen como consecuencia que estemos condenados a no entendernos, lo cual resulta en mi humilde opinión, tremendamente divertido. Sería bueno añadir un poco de sal en todo este desaguisado; y no es que sea obligatorio regalarle a él una felación mientras nosotras pasamos esos tres días malditos, pero hacerlo en periodos alternos puede resultar muy constructivo, ya que con esta práctica sexual parece que se equilibran las energías del yin y el yang: Una poderosa razón de sobrado peso terapeútico para esos días tan señalados.